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Sep
09

La falacia tributaria


“Bajar impuestos es de izquierdas” (Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno y secretario general del PSOE). “Subir impuestos también es de izquierdas” (Manuel Chaves, vicepresidente del Gobierno y presidente del PSOE).

Prescindamos de tiquismiquis lógicos y demos ambas afirmaciones por buenas. Ergo, probablemente, “subir impuestos es de derechas” y “bajar impuestos también es de derechas”. Con lo que, al final, subir y bajar impuestos es de izquierdas y de derechas. Tutti contenti.

Y ahora vamos a hablar de los impuestos sin prejuicios sobre el signo ideológico de sus vaivenes, que es lo que importa. ¿Hay que subir los impuestos? Resulta difícil defender un ‘no’ absoluto ante las cifras del déficit público y la falta de flexibilidad a la baja que tienen la mayoría de los rubros del gasto público.

Pero si toda reforma fiscal es delicada, la que supone aumentar la carga tributaria en un momento de profunda atonía del consumo y brutal caída de la inversión lo es por partida doble. La respuesta, por tanto, es que si es preciso subir los impuestos ha de hacerse con mucha reflexión y cuidado y con un fortísimo acompañamiento de medidas restrictivas sobre el gasto público.

Partiendo de ello, y una vez más, la lógica del Gobierno parte del sitio equivocado y llega a donde no debe. El sitio equivocado de partida es lo que pudiéramos llamar la falacia social que proporciona siempre la cobertura a las decisiones de Zapatero: hay que pedir un esfuerzo mayor a los que más tienen para que ayuden a los que menos tienen. O sea, la tributación como principal instrumento de redistribución. El sitio equivocado de llegada es que, probablemente, la subida anunciada de impuestos castigará aún más la recuperación y no resolverá sustancialmente el problema del déficit.

Redistribución eficiente
El uso redistributivo de la tributación no lo defiende ya nadie: el mecanismo de redistribución eficiente se opera a través del gasto. Los impuestos deben ser simples, estables y lo más neutrales posible respecto al origen de las rentas y la situación de los contribuyentes. El país que decidiera actuar fiscalmente en plan Robin Hood tendría en seguida un problema muy serio: ningún rico se asomaría por los bosques de Sherwood y el dinero y el talento buscarían praderas más acogedoras y seguras.

Esto es más envoltura retórica que realidad. Si los tiros de la reforma van por donde parece, el grueso de la misma (en términos recaudatorios) va a descansar sobre la supresión de la infausta devolución de 400 euros del IRPF y sobre los impuestos indirectos (IVA y especiales); es decir, va a ser universal en lo que se refiere a los impuestos directos y vinculada al consumo más que a la renta en los indirectos.

Al margen de esto, una cosa es que la decisión de anular la devolución electoral de los 400 euros sea fiscalmente ortodoxa (lo que fue heterodoxo y habría que pedir cuentas al responsable fue, justamente, el implantarla) y otra bien distinta es que, contra lo que predica Zapatero, la supresión de este tax relief sí supone un mayor gravamen de las rentas del trabajo, la mayor parte de las que nutren el IRPF.

Al lado de esto, el impacto recaudatorio de la subida de las rentas del capital es más bien testimonial. Si la subida es de 2 puntos (del 18% al 20%), como parece deducirse de las medias palabras de los gobernantes, supondría un incremento de algo menos de mil millones de euros, la sexta parte del impacto de la supresión de la devolución de los 400 euros y menos de la octava parte de lo que supondría elevar en dos puntos el tipo general del IVA.

El énfasis de Zapatero en el aumento de la tributación de las rentas del capital es doblemente equivocado: manda el peor mensaje que cabe a los ahorradores (residentes y no residentes, no se nos olvide esto último) y encima, realmente no resuelve nada. Entonces ¿a qué viene este despliegue? A darle el toque social a una reforma tributaria de izquierdas para endulzar la píldora a los paganos de la misma que seremos más bien todos.

Pero si se tratara sólo de una añagaza política, cabría entenderla; sería, al menos, consecuente con el estilo político desplegado en todos estos años. Lo peor no es lo que se disfraza o lo que se disimula. Lo peor es lo que se esconde o no se quiere ver: que la lógica subyacente es falsa.

Es falsa porque la idea de que nos enfrentamos a un déficit coyuntural que estas medidas vendrían a remediar también lo es. No es un déficit coyuntural sino uno estructural el que enfrentamos. De hecho, venimos enfrentándolo desde hace años, sólo que la excepcional benignidad de las condiciones económicas en los últimos años lo venía ocultando e incluso vistiéndolo de superávit.

Consolidación fiscal
El déficit estructural quiere decir, ni más ni menos, que la base de coste de las Administraciones Públicas es superior a la capacidad recaudatoria de aquellas. Y la forma de remediarlo no es sólo, ni principalmente, la subida de los impuestos, sino la reducción severa de los gastos. Y aquí llega el problema. Desde el sacrosanto principio de que no se puede tocar el gasto social no es posible acometer en serio la consolidación fiscal, que exige una revisión crítica de aquel.

Una revisión que además compromete a las diferentes instancias del Estado compuesto que tenemos, puesto que no sólo el Estado, sino también las autonomías y los municipios son protagonistas del mismo. Una tarea absolutamente ingrata, con coste político y social, pero fatalmente inevitable. Una tarea que exige, como condición inexcusable, la revisión de las bases financieras del Estado compuesto, en una línea completamente distinta de la que se está siguiendo en la reforma de la financiación autonómica.

El problema es si el Gobierno va o no a atreverse por fin a decirle a la gente que, más allá de las urgencias de esta crisis, la fiesta del gratis total se ha acabado. Los antecedentes no dejan mucho lugar a la esperanza.

Lo más probable es el trampeo con el déficit, el aplazamiento de lo inaplazable y la fidelidad a los mantras. Políticamente, mirando a un calendario en el que sólo están en rojo las fechas electorales, la tentación es muy fuerte. Cuenta encima con la timidez de la oposición para denunciar esta falacia por el miedo invencible a recibir la etiqueta de antisocial, que en todo caso, le van a colgar. Eso no es lo peor. Lo peor es la etiqueta de la insolvencia que, como consecuencia del desmadre fiscal, nos pueden colgar a todos. A pesar de Moody’s.

Fuente: Expansión.com

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2 Responses to “La falacia tributaria”


  1. 1 et tu quoque
    16 septiembre 2009 en 10:14 PM

    El artículo es acertado, pero no hace hincapié en la verdad profunda de esta nueva reforma fiscal: Incrementar los impuestos indirectos es la forma más injusta de recaudación.

    La Constitución, tan criticada como desconocida, establece claramente los principios de justicia, proporcionalidad y progresividad al hablar de ello. Estos principios se ven violados flagrantemente cuando se habla de impuestos indirectos (fundamentalmente IVA e impuestos especiales), Y esto es así porque el incremento de precios finales que suponen son idénticos para todos, sin tener en cuenta su capacidad de obtener rentas. Más claro: La barra de pan sube lo mismo para un pensionista que para el Consejero Delegado de un gran grupo de empresas. Esto viola claramente los principos de proporcionalidad y progresividad que la Constitución marca para el sistema tributario.

    Por otra parte, El Presidente Rodríguez Zapatero prometió que la subida de impuestos no afectaría a las rentas de trabajo. Y esta afirmación ha resultado ser una verdad a medias, que es la peor de las mentiras. En efecto, no se prevé incrementar el tipo que grava a las rentas del trabajo en el IRPF. Pero incrementar los impuestos especiales signifaca que cada trabajador pagará más impuestos por cada litro de combustible de su coche o cada caña de cerveza. Incrementar el tipo aplicable en el IVA significa que cada trabajador pagará más impuestos EN TODO LO QUE COMPRE. Y dado que el IVA es un impuesto en cascada cuya principal característica es que el importe íntegro del mismo recae sobre el último comprador, la carga del incremento cae entera sobre el consumidor final. Es decir, los trabajadores verán incrementada notablemente la cantidad que pagan anualmente en impuestos, pero no lo notarán porque irán incluidos en las etiquetas de precios del supermercado.

    Así, el Presidente mintió conscientemente y el enorme deficit público será pagado por los de siempre.

    • 2 capitandelasardina
      16 septiembre 2009 en 10:39 PM

      No puedo estar más de acuerdo contigo!

      Un saludo.


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