17
Ene
11

prohibir, prohibir, prohibir


por nidiosniamo

He pasado muchas horas de mi vida en bares, como trabajador y como cliente, y puedo decir sin temor a equivocarme que los bares son el hábitat del fumador.

El parroquiano por antonomasia es un tipo que fuma y bebe. Por eso en los bares venden tabaco, que comercializa y grava el Estado, y las estanterías están llenas de botellas de alcohol y no de cajitas de tofu e infusiones.

Desde que decidí vivir al margen, cada vez me afectan menos las leyes de la nueva ingeniería social, yo no dejaré de ir a los bares porque hayan prohibido fumar en ellos, dejé de ir hace mucho tiempo porque nadie tiene pasta: mis clientes remolonean a la hora de pagar, tengo que trabajar por la mitad y todo es mucho más caro.
Ahora fumo tabaco de liar y bebo en casa, que es más barato.

La ley antitabaco me afecta poco o nada, pero como hago seguimiento de todas las estrategias del Gobierno para enfrentarnos a unos con otros -ateos contra religiosos, perdedores de la Guerra Civil contra ganadores, nacionalistas con españolistas, controladores contra gente que no llega a fin de mes, fumadores contra no fumadores- sigo los comentarios de la gente en los medios.

Y leo muchos del tipo: por fin podré ir con mis niños al bar.
El sueño que todo dueño de bar y todo parroquiano había deseado siempre: niños correteando entre las banquetas de la barra, niños que se pegan, niños que gritan, niños que te tiran sin querer –ya estás pidiendo perdón a este señor– la Cocacola encima, madres que gritan histéricas o que pasan de todo…
No, señora mía.
Al bar se va a beber y fumar, del mismo modo que al puticlub se va a follar, al casino a jugar, a la biblioteca a leer y al gimnasio a hacer pesas. Para los niños ya están los parques, los programas de la tele y la playstation.

Leo también comentarios que hablan de lo que cuestan los fumadores a la SS (pero no hablan de lo que el Estado recauda gracias a ellos, dato curioso).
Yo tengo 47 años, soy fumador y bebedor y he olvidado la última vez que pisé la consulta de un medico.
Sin embargo, me faltan dedos en las manos y los pies para contar las veces que mis amigos, los sanos deportistas, han estado de baja (esto es, cobrando de la SS) porque se han lesionado montando en biclicleta, jugando al pádel, esquiando… Ellos vivirán probablemente más años que yo, es decir: vivirán mucho más tiempo a costa del Estado y, mientras, atestarán los hoteles de Benidorm (a cuenta del IMSERSO) y las consultas, quirófanos y camas de la seguridad social.

Estudios recientes han demostrado que resulta que todos nos morimos. Los que fuman y los que no. Y los viejos sanos son los que más tardan en morirse. Si no, que se lo pregunten a mi abuelo, que tiene 95 años y lleva 10 diciéndole a los médicos que él lo único que quiere es morirse porque ya se aburre. Que, si lo llega a saber, no habría dejado de fumar a los 50.

Leo comentarios de hosteleros: siguen esperando las hordas de antifumadores (no confundir con los no fumadores) que iban a abarrotar los bares. Ya se propuso antes: bares para fumadores y para antifumadores . Y resultó que los antifumadores no van a bares, del mismo modo que los parroquianos de los bares no van a los gimnasios.
La diferencia está en que a los fumadores no les ocurriría pedir que en todos los gimnasios haya una barra para tomarse una cerveza y fumarse un cigarrito.

Estoy de acuerdo en que se prohiba fumar en todos los sitios a los que uno no tiene más remedio que ir: lugar de trabajo, ministerios, hospitales, escuelas… Pero a los bares uno va porque quiere.

En mi barrio hay dos bares para gays.
Y yo, como soy heterosexual, no voy porque ya sé lo que hay.
También hay un bar para pensionistas.
Y yo, como soy un hombre en edad de trabajar, tampoco voy.
Si hubiera habido un bar para no fumadores, jamás se me habría ocurrido entrar y encenderme un cigarrito.
Pero no lo había. Cuando el Gobierno empezó a ponerse tonto con el tabaco -como si no premiaran a los más leales haciéndoles consejeros de Tabacalera- un hostelero puso el cartel de “espacio sin humos” y a los tres meses lo quitó, porque con lo que consumían los antifumadores no le llegaba ni para pagar los impuestos. Y como los antifumadores no eran negocio, volvió a permitir que todo el mundo fumara, y el bar volvió a llenarse.

Ahora el pueblo está repleto de bares vacíos.
La única clientela que tienen está en las terrazas, fumando junto a las setas de calor.

 

Fuente: Procritos


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